Cuando las detonaciones pararon, quedó el ladrido de los perros. El olor a pólvora se mantuvo por buen rato en el ambiente. El resultado fue dos cuerpos en el pavimento sobre un charco de sangre. Uno era miembro de la pandilla Los Callados. El otro era un joven que salía de un comercio. Ninguno de los vecinos salió. Nadie comentó nada.
Eso fue lo primero que llamó la atención al llegar al lugar: el silencio. Que no era un silencio de tranquilidad, sino el otro, el que surge del miedo que se adopta. Un adulto mayor, al ser abordado, respondió con obscenidades y se alejó. No era enojo. Era el único medio que tenía para no hablar. El resto tenía la misma mirada, que sin pronunciar una sola palabra, ya decía mucho.
La carroza fúnebre del Ministerio Público llegó a eso de las 11 de la mañana. Por medio de la cédula se reveló la identidad del antisocial. Era Roberto Rhoden de 22 años. Algo que cambio el curso de la investigación fue: el mismo tatuaje del pandillero muerto en el cuerpo del transeúnte baleado. Un Cristo con los ojos tachados. La policía tocó la puerta de la familia de Orlando Benítez, 17 años.
Los vecinos miraban y murmuraban, mientras la madre llorando decía: “Mi hijo no es ningún maleante.” Sus ojos eran esquivos a las autoridades que habían acordonado la zona. En la comunidad de Villa María, los disparos ya no sorprendían a sus residentes. Lo escalofriante era ese silencio que quedaba después. Un silencio tan denso y amargo como la delincuencia.

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